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El mundo de los sueños

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El mundo de los sueños

Mensaje por Kvothe el Jue Ene 30, 2014 7:05 pm

El mundo de los sueños

Autor: Kvothe
Clasificación: apta para todos los públicos
Genero: Fantasía, Infantil
Estado: Completo
Otros: esta es la traducción de un relato que hice el año pasado para un concurso y salió premiado. El concurso era en honor a la escritora de cuentos infantiles Joana Raspall, quien cumplió cien años el pasado 2013 y falleció en diciembre del mismo año. La temática era el mundo literario de Joana Raspall, es decir, según yo interpreté, la fantasía. ¡Disfrutadlo!




El mundo de los sueños


El momento favorito del día de Joana era la noche, sin duda. Le encantaba acurrucarse debajo las mantas, cubierta hasta la barbilla y con los pies uno sobre el otro para no coger frío. Cerraba los ojos, tranquila y protegida por la señora Boublanc, su vieja muñeca de trapo que le hacía compañía desde que tenía uso de la razón, unos diez años más o menos. A Joana le gustaba peinar la larga cabellera rubia de la muñeca, y siempre procuraba que el polvo y la suciedad no se adhiriese en su pálido rostro ni en el sencillo vestido dorado que llevaba, porque de otro modo sentía como la señora Boublanc le retraía que no la cuidase como se merecía mirándola fijamente con esas dos pequeñas esmeraldas que parecían tan vivas como el primer día.

A Joana le gustaba el día, también. Disfrutaba como la niña que era jugado con sus amigos a cualquier juego que se inventaran, correteando por las calles con despreocupación. Pero aunque se lo pasaba la mar de bien, seguía prefiriendo el silencio acogedor y la oscuridad acariciadora que le acompañaban siempre que cerraba la pequeña vela que tenía en su mesilla de noche, y la guiaba hasta aquel lugar recóndito y exótico, llamado el mundo de los sueños. Era el único lugar donde Joana podía dejar libre su imaginación, donde toda la fantasía se podía hacer realidad en tan solo un instante. No había vacilación, y Joana recorría los sinuosos caminos sin destino con la única preocupación de despertarse y no poder intentar llegar al final de aquel sendero eterno, al menos no hasta la noche siguiente. Le gustaba soñar, y deseaba con todas sus fuerzas que algún día aquellas fantasías se harían realidad.

Por eso mismo, mientras Joana se adentraba cuidadosamente en aquel bosque de árboles de formas delicadas y luces y sombras intrincadas, no sabía del cierto si se trataba de un sueño o de un hecho verídico. No reconocía el boque, podía asegurar con total convencimiento que nunca antes había estado allí, y tampoco recordaba cómo había llegado. A pesar de que eso último indicaba que se trataba de un simple sueño, como tantos había tenido, era demasiado luminoso y nítido. Si escuchaba con atención podía oír el ruidito rítmico de las ardillas intentando romper una nuez dándole golpes contra una piedra. Y el rumor del viento al acariciar las claras hojas de los árboles, extraordinariamente finas, como la más frágil de las sedas. Y el canto de un pájaro majestuoso sobre una rama cercana, que extendía las alas emplumadas de colores vivos, imitando casi a la perfección una voz humana cantando una canción melódica. Tanto si era un sueño como si no, Joana no había visto nunca un pájaro como ese, ni en un bosque, ni en libros, ni en otros sueños.

Todavía no estaba segura de si estaba dormida o despierta, pero finalmente se terminó convenciendo de la primera opción en llegar a un pequeño claro, con forma de circunferencia perfecta, lleno de diminutas flores de todos los colores imaginables, como el plumaje del pájaro. Justo en el centro, flotando a poco más de un metro del suelo, había un inmenso libre viejo de hojas medio amarillentas y cubierta burdeos decorada con hilos dorados. A pesar de estar a una distancia considerable, Joana podía distinguir todos los pequeños detalles a la perfección, y este fue el hecho definitivo para concretar que estaba soñando. Además de que, evidentemente, los libros no flotan en el aire.

La niña se acostó al libro caminando sobre las puntas de los pies, intentando hacer el mínimo ruido posible. Aunque estaba rodeada de agradables ruidos de la naturaleza, y detrás suyo todavía distinguía el inconfundible canto del pájaro de colores vivos, cada vez más parecido a la canción que su madre le cantaba antes de irse a dormir cuando era más pequeña, el claro estaba envuelto de un silencio natural y soberbio, demasiado equilibrado como porque Joana se atreviese a romperlo. Lo reconocía, estaba intimidada y un poco asustada ante la magnificencia del libro, abierto en el medio de aquel bello rincón. A medida que se acercaba observó como las hojas se pasaban solas, aunque no había ni una leve brisa de viento.  

Justo cuando Joana alargaba la mano, curiosa, hacia las tapas duras y desgastadas del libro, pero igualmente la mar de vistosas y resistentes, un grito de alerta y cierta urgencia la sobresaltó. Se giró rápidamente, sintiéndose una intrusa, como si la hubiesen atrapado haciendo una fechoría. A través de las ramas florecidas de los arboles salió el mismo pájaro de antes, dirigiéndose directamente hacia ella. Joana cerró los ojos y se agachó, tapándose la cabeza con los brazos y deseando, por primera vez en la vida, despertarse, porque no quería que un sueño ambientado en un lugar tan bonito se convirtiese en una pesadilla. Pero el pájaro no la atacó. En su lugar, aterró suavemente y sin hacer ruido al lado de la niña, y cuando esta se atrevió a abrir un ojo observó que ya no era un pájaro.

A su lado, observándola directamente a los ojos con dos pequeñas esmeraldas, completamente iguales a los ojos de la señora Boublanc, había un pequeño hombrecillo, de facciones aniñadas, piel olivácea y sonrisa encantadora. Joana todavía estaba encorvada sobre sí misma, y eso la dejaba a la misma altura que el hombrecillo, que no debía medir más de un metro. Se incorporó lentamente, observando fascinada el ser que tenía delante. Llevaba un vestido, parecido a una túnica de un monje, pero decorada con más colores de los que la niña pensaba que existían, tal y como era el plumaje del pájaro. Curiosamente la última cosa en la cual se fijó era lo más evidente, las diminutas orejas del hombrecillo, terminadas en punta, aunque seguramente lo había pasado por alto por el largo pelo que le caía sobre los hombros, con cierto parecido a la hiedra que trepaba por la fachada del vecino.

— ¿Te gusta el libro, Joana? — preguntó el duende con una sonrisa y con la misma voz que el pájaro había usado para entonar las notas de la canción.

— ¿Cómo…? ¿Cómo sabes mi nombre? — solo pudo articular la niña sacudiendo ligeramente la cabeza, confundida.

— Sé más cosas de las que te piensas. Como, por ejemplo, que te gusta soñar con bosques vírgenes y animales exóticos. Con caminatas largas por un sendero costoso y con baños en estanques de aguas cristalinas. Con viajes al fondo de los lagos acompañada de bellas ninfas y bancos de peces afectuosos y de colores vistosos.

La niña observó el hombrecillo abriendo los ojos como unas naranjas, sintiéndose completamente identificada con lo que había dicho. Era normal que lo supiese, se dijo, porque al fi y al cabo él también salía de su imaginación.

— Ven, acércate — dijo el duende, avanzando unos pasos hasta el libro y sosteniéndolo entre sus pequeñas manos.

— Está… — empezó Joana, pero se quedó sin palabras. El duende sonrió y completó la frase por ella.

—… en blanco. Sí.  Para que escribas tu propio camino.

La niña tardó unos segundos en reaccionar cuando el duende le puso el libro en sus manos. Se sorprendió de que no pesara nada, era más ligero que una pluma. En un abrir y cerrar de ojos, mientras todavía miraba boquiabierta el libro, el duende ya había desaparecido, de nuevo convertido en pájaro y volviendo a su escondrijo entre los árboles, entonando suavemente una bella melodía.

— Mi propio camino… — murmuró Joana por sí misma, acariciando la suave tela de la cubierta y la rugosidad del papel en blanco.

De repente, la niña abrió los ojos y los fijó en el techo de su habitación, la cual todavía no se había llenado de luz, por lo que supuso que aún era de noche. Volvía a estar en su cama, en su casa, con la señora Boublanc a su lado mirándola con los mismos ojos que el duende. Recordaba a la perfección el sueño y estaba un poco triste por haberlo abandonado. Se sentó cruzando las piernas, cogiendo la muñeca de trapo con la misma delicadeza que cuando había sostenido el libro.

— ¿Sabes qué? — le dijo, sonriendo — Ya sé lo que quiero hacer cuando sea mayor. Quiero escribir cuentos. Cuentos de fantasía, para que los otros niños puedan también vivir mis sueños.

Abrazando a la señora Boublanc con fuerza y con una gran sonrisa dibujada en los labios, Joana volvió a recostarse y a cubrirse hasta la barbilla con la manta, esperando poder volver al mundo de los sueños al menos una vez más durante aquella noche.


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