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Tren de Medianoche

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Tren de Medianoche

Mensaje por Kvothe el Miér Ene 29, 2014 8:05 pm

Tren de Medianoche

Autor: Kvothe
Clasificación: +16
Genero: Reflexones, Misterio, Drama
Estado: en proceso
Advertencias: se tratan temas delicados, por ejemplo la muerte, las drogas, violencia doméstica, etc.
Otros: esta historia está planeada para ocupar trece capítulos, no muy largos, más prefacio y epílogo. Solo tengo escrito el prefacio y parte del primero capítulo, así que puedo tardar lo mío en subir más capítulos por falta de imaginación y/o tiempo.
El título y la metáfora del tren están inspirados con la canción de Sau El Tren de Mitjanit. Si queréis podéis ver la traducción de la letra aquí.
Sumario:
La vida ya no tiene sentido para ti. ¿Es una locura querer morir? La locura es ser ciego ante los problemas de los demás, ignorarlos, no intentar solucionarlos. Si simpatizas con los demás es más fácil comprenderse a uno mismo, distinguir la locura y escoger el camino correcto.




Prefacio: el andén del Olvido


Tienes miedo de que el pequeño frasquito se resbale entre tus sudorosos y temblantes dedos y colisione contra el suelo, rompiéndose y echando a perder ese líquido azul que parece alguna medicina de horrendo sabor. Recuerdas a tu hermana, cuando tenía que beberse esos contrastes de colores extraños antes de hacerse un TAC, y como bromeaba diciendo que parecía un combinado de alcohol de cualquier fiesta. Y sonreía, y tú sonreías, pero luego tras un sorbo no podía evitar hacer una mueca por culpa de, según palabras textuales, esa maldita bebida de las cloacas del inframundo. Eso te devolvía a la realidad, te hacía recordar que eso no era ni de lejos lo peor por lo que estaba pasando, hacía que su risa disminuyese y finalmente desapareciese.

Te preguntas si tu propio frasquito tendrá el mismo sabor que los contrastes. Una vez lo probaste, un contraste rojo que esperabas que supiese a fresa, o al menos a lo que las farmacéuticas entienden por fresa. Era el tercer TAC que le hacían a tu hermana esa semana, solo le quedaba un sorbo de nada en el vaso de plástico, y parecía que iba a vomitar allí mismo. Te ofreciste a beberte lo que quedaba, a escondidas de los médicos, esperando que no fuese tan malo. Lo era, tuviste ese horrible regusto en tu lengua durante horas, pero al menos ella sonrió débilmente ante tu gesto. Te hubieras bebido cincuenta vasos enteros solo por eso.

El hombre te ha dicho que el líquido era insípido, pero tú no te lo crees. No te crees nada de lo que te digan, no después de haberte creído a los médicos sin cuestionártelo dos veces, cuando estaban equivocados. No después de haberte creído a todos los de tu alrededor, convenciéndote de que tenían razón, que todo iba a mejorar, porque no era así. No había mejorado. No está mejorando. Al contrario, cada día sientes que todo va a peor, lo que era bueno se vuelve malo, y lo que era malo se vuelve incluso más malo. No encuentras nada que tenga sentido, nada a excepción del frasquito que te ha dado ese desconocido, que puede contener todas las respuestas.

¿Cuántas veces te han advertido tus padres que no aceptes nada de extraños? Quizás hace tiempo que no lo hacen, pero en tu infancia te hartaste de oírlo una y otra vez, aunque nunca hubieses visto el sospechoso hombre de las golosinas y la furgoneta esperándote en la salida el colegio. Pensabas que era una leyenda. Más adelante la historia cambió, las golosinas fueron sustituidas por pastillas de origen desconocido, y el hombre normalmente era un pobre desgraciado de tu edad que ya había sucumbido. También pensabas que era una leyenda, pero hoy te has encontrado dentro del mito. Ese hombre extraño de pocas palabras, que te ha encontrado llorando junto a una botella de alcohol vacía en ese oscuro callejón del peor barrio de la ciudad. Te ha hecho unas cuantas preguntas, aparentemente sin relación alguna entre ellas, y tú solo respondías asintiendo y negando con la cabeza. Hasta que te ha hecho la última pregunta, la más retórica de todas, pero la única que has respondido con un rotundo sí. No encuentras una razón para vivir, y quieres acabarlo, ¿verdad?  

Y te ha dado ese frasquito, diciendo que eso te libraría del dolor y que por fin podrías ser feliz. Al levantar la cabeza con confusión, el hombre ya no estaba. Te preguntas si el alcohol te ha hecho alucinar la aparición de ese hombre, pero el frasco es real, y el líquido se mueve en su interior. La voz de la conciencia te grita una y otra vez que no te bebas eso, que no sabes lo que es. ¿Pero qué es lo peor que puede hacerte? ¿No tener afecto? Es la mejor vía de escape que has encontrado hasta la fecha.

Por fin te decides. Ya era hora. Desenroscas el tapón lo más rápido que te es posible, intentando controlar los espasmos que sacuden todo tu cuerpo para no derramar el líquido. Esa es tu salvación. El camino que te llevará a un lugar mejor. Cierras los ojos y te bebes todo el contenido de un solo sorbo. El hombre tenía razón, no sabe a nada. Supones que así también puedes creerte que eso te librará del dolor. Te recuestas sobre la fría y húmeda acera, todavía con los ojos cerrados, esperando el final.

●●●

Has muerto. Esta es la única opción posible, no puede ser otra cosa. Has muerto y cuando abras los ojos te encontrarás con la preciosa sonrisa de tu hermana. Pero si has muerto, ¿por qué tienes frío? ¿Acaso también se siente en la otra vida? ¿Significa eso que tu hermana todavía sufre?

Abres los ojos y te encuentras con un cielo estrellado. Tu hermana no está. No hay nadie. Estás en una estación de tren vacía.

Parpadeas un par de veces, preguntándote si eso es el cielo. O el infierno. O el purgatorio, no sabes cuál es tu lugar, ni en tu primera vida ni en la vida después de la muerte. Un silencio sobrenatural parece envolverte, y te asustas. Eso no era lo que el hombre te había prometido.

Te sobresaltas más de lo debidamente necesario al escuchar la campanada. Todavía desde el suelo, reculas hasta topar con la cabeza contra un frío banco de metal, y escuchas otra campanada. Y otra. Y otra.

Y doce.

Segundos después de la duodécima campanada el silencio vuelve de nuevo, pero solo dura unos escasos segundos, porque un extraño pitido se oye a lo lejos.

— Atención pasajeros, el Tren de Medianoche llegará al andén del Olvido en breve. — una voz de hombre - la voz del hombre del frasco - resuena por todo el andén, al mismo tiempo que el pitido se repite, más fuerte — Repito, el Tren de Medianoche llegará al andén del Olvido en breve. Se les ruega que suban y disfrutan del viaje. Tómense el tiempo que necesiten en el tren.

¿Es esa la verdad sobre la barca de Caronte? ¿Un tren te va a llevar hacia las puertas del infierno?

Efectivamente, un tren llega al andén pocos segundos después, aunque la palabra tren parece quedarse corta para describir esta majestuosa máquina. Una gigante locomotora de vapor blanca, brillante como la luna misma, seguida por una docena de vagones de distintos tonos de gris, cada uno más oscuro, hasta llegar al último, totalmente negro como el azabache.

Es justamente la puerta del último vagón la que se abre delante de ti. Te apoyas en el banco para ayudarte a ponerte de pie, pero no tienes la intención de subir al tren. Solo esperas, esperas que se vaya tan repentinamente como ha venido, pero el tren no arranca. Al cabo de un minuto inmóvil allí de pie, echas un vistazo a tu alrededor y, después de tragar saliva ruidosamente, te diriges con cautela hacia la puerta del vagón.

Cierras los ojos, igual que has hecho bebiéndote aquel líquido, y subes al tren.


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